miércoles, agosto 02, 2006

Huérfano de besos.


Huérfano de besos.


Con todos era una puta; conmigo, una fortaleza inabordable. Tal vez por eso me seducía tanto, tal vez por eso me obsesionaba tanto. Porque desde un punto de vista, digamos, objetivo, no era precisamente una mujer espectacular, no poseía una belleza llamativa o una personalidad impactante. Más bien se trataba de una persona discreta, parca, reservada, incluso un tanto gris. ¿Cuál era entonces la razón para haber convertido en el centro de mi atención a una joven que además de todo me rechazaba, me menospreciaba, me rehuía? Dicen que el amor se basa en la sinrazón, en la falta de lógica, en el absurdo. Pero ¿era amor lo que yo sentía por ella? ¿Era amor o un empecinamiento irracional? ¿Era quizá, como me lo dijera Stuard -el psicólogo- una mera adicción? Posiblemente sí.

Ya que no me había dado por las drogas, el alcohol o la religión, me había vuelto a cambio adicto ella, a esa matrona algunos veranos mayor que yo y, quien respondía al nombre de, digamos que……………… Ruth, si, Ruth está bien.

No obstante, lo peor de todo era que me había prendado de una hembra que saltaba de cama en cama, de hombre en hombre, con la velocidad de la luz. Y no lo ocultaba, incluso hacía ostentación de ello. -“¿Por qué soy tan ninfómana?”, la escuché decir un día, entre broma y en serio, a una amiga suya, delante de mí, sin que le importara un carajo lo que yo pudiera sentir. Porque además de todo, Ruth conocía a la perfección (con crueldad) lo que yo sentía por ella y parecía gozar con mi sufrimiento.

Era una mantis religiosa, mayorcita, fascinada por devorar, con sádica lentitud, al macho que la cortejaba. Había que exterminarlo con premeditada parsimonia. Primero las extremidades inferiores, más tarde las superiores, luego la cabeza y tórax –con todo y sexo castrado-, para terminar por comerse a dentelladas la parte más vulnerable y sensible: el cursi corazón enamorado.

Sobra decir que todos quienes me rodeaban es ese entonces me miraban con una mezcla de compasión e impaciencia. Sentían al mismo tiempo lástima y enojo. Para mis amigos, era yo un imbécil que se dejaba pisotear por una tipa que no valía la pena. “Mándala a la chingada” era su frase más recurrente. Para mis amigas, era yo un pelele que no demostraba amor propio alguno, al seguir empecinado en conquistar a una mujer desalmada. “Mándala a la chingada” era, así mismo, su frase más recurrente. En fin: estaba convertido en el hazmerreír de la gente que no me quería y también de la que me quería.

Así pasaron tres, cuatro, cinco, siete, veinte largos años, sin que la situación cambiara un ápice. Algo en mi interior me decía, que, tarde o temprano, Ruth terminaría por cansarse de su vida licenciosa, de su promiscuidad irrefrenable, de su casquivana liviandad (como dirían los antiguos). Y así fue, justo al cumplir los cuarenta. A esa edad, había perdido su frescura, su elasticidad aun su vocación sensual. Era, o pretendía ser, una mujer madura. Decidió entonces abandonar el gusto por coleccionar varones y dedicarse a uno solo. Volverse monógama y contraer matrimonio.

Yo continuaba cerca de ella. Había sufrido por cerca de dos décadas, con vergonzoso estoicismo, su desdén amoroso, pero seguía ahí, siempre ser servicial, siempre leal, como un perrito faldero en espera de las sobras de la gran comilona. Ella lo sabía y por eso no se había alejado del todo. Conocedora de mi masoquista incondicionalidad, había logrado algo notable: cada vez que el frágil hilo de que nos unía se tensaba y estaba apunto de reventar, lo aflojaba con sabiduría y lograba de ese modo que yo continuara atado a su cintura. Para mí, aquel hilo era la única esperanza y tampoco me empañaba en romperlo. Así las cosas, una mañana la invité a desayunar y me reveló el cambió que había decidido hacer en su vida.

-Quiero casarme. Necesito sentar cabeza.

Se veía triste, con la mirada apagada y la piel un tanto seca. Yo seguía mirándola, sin embargo, como la mujer más bella universo. Al escuchar sus palabras, desde lo más recóndito de mí ser brotó un halo de ilusión. ¿Era acaso que la vida me recompensaba? ¿Tanto padecer en silencio, tanta sufrida paciencia, al final de cuentas habían valido la pena y podría aspirar, ahora sí, a convertirme en el único hombre de aquella a quien seguía amando con indecente pasión? Después de todo, si en alguien debía confiar Ruth para pasar a su lado el resto de sus días era en mí. Quise decírselo, proponerle matrimonio en ese mismo instante, pedir al camarero una botella del mejor vino tinto y brindar por la felicidad que de pronto, así no más, parecía asomar a mi vida. Pero ella hablo primero.

- ¿Te acuerdas de Jerónimo, aquel amigo mío que tantos celos te daba?
Escuchar ese nombre me hizo estremecer. Habían trascurrido quince años desde los meses de espanto en los cuales ella anduvo con él y en los que me lo restregó en la cara varias ocasiones. Si yo había aborrecido a todos y cada uno de los galancetes con quienes Ruth había compartido holgadamente lo que a mí me negó siempre, por Jerónimo sentía el peor de los rencores. Si todos los que la gozaron durante años habían sido en su mayor parte consumados patanes, éste era el más patán.

-Sí, sí me acuerdo de él ¿Por qué?

En mi pregunta vibró temor nervioso. Mi cuerpo se llenó de tensión y mis manos temblaron y sudaron más de lo acostumbrado, a pesar de los esfuerzos por controlarme.

-Bueno, él… Jerónimo…, me propuso que nos casáramos.

Sí en aquel momento hubiera tenido en mi mano derecha un vaso de vidrio, seguramente lo hubiera hecho añicos con la presión de mis dedos y habría sangrado con exceso. Pero sangré. Sólo que Ruth no sé dio cuenta o pretendió no hacerlo. Yo tenía la garganta seca y los ojos humedecidos. Ella miraba hacia otra parte.

-¿Y tú qué piensas?

Su interrogante me desconcertó. ¿No era obvio lo que podría contestarle? ¿No sabía de sobra todo lo que yo sentía por ella, todo el amor que le tenía y le había demostrado durante tantos malditos años? ¿De verdad desconocía lo que pensaba de aquel imbécil?

-¿Que qué pienso?
-Sí aconséjame. Eres mi mejor amigo. Me dolió hasta el último plegue de mi imbécil corazón.

Ahora que recuerdo la escena, con la relativa tranquilidad que da el paso del tiempo. Me parece que debimos vernos absolutamente ridículos. Una mujer que ingresaba a los cuarenta y, un hombre de menor edad, en los papeles, ya que siempre he aparentado más edad de la que tengo, tal vez por eso me inclino hacia las mujeres mayorcitas. Con el pelo canoso y ojos cansados de tanto soñar, manteniendo un dialogo propio de unos colegiales en primavera. Por supuesto que mi consejo hubiera valido muy poco. Yo tenía la certeza de que Ruth tenía decidido lo que iba a hacer y que nada, mucho menos mi opinión, la harían cambiar lo que ya había determinado.

Se casaron tres meses más tarde. Ella me llamó un día antes de la boda para invitarme, a sabiendas de que de ninguna manera asistiría. ¿Quien iba a imaginarse que antes de medio año se separarían y se divorciarían de manera irreconciliable? Bueno, a decir verdad, yo sabía que eso iba a suceder. Conocía lo bastante bien Ruth para adivinar que no estaba hecha para la vida de casada. Las mujeres como ella permanecen libres, por toda la eternidad, para morbo de las camas de hotel sin besos de amor.

Jamás lo volvería a intentar. Trató de volver a su afición por las camas diversas, por los machos de ocasión, pero ya no fue lo mismo y terminó por dejar su entrepierna en paz. Ayer cumplió cincuenta años. Sé que vive sola en una pequeña ciudad de la costa del golfo. Hace un lustro que no la veo, aunque esporádicamente nos escribimos o nos llamamos por teléfono.

¿Qué si todavía la amo? Creo que sí. Por alguna extraña razón que jamás me podré explicar, mi amor por Ruth ha seguido vivo y su recuerdo me mantiene paradójicamente jovial. No está mal para un sujeto mayor, que sigue sin hacerse a la idea de que ya no es un adolescente.



Fin

Maykol R. Conceiro
Casi invierno de 2005, Fresnillo, Zac.